Que la política vuelva a las mesas
Reaprender la conversación política como camino de comunión y crecimiento
Durante generaciones, la frase “En la mesa no se habla ni de política, ni de religión, ni de fútbol” ha funcionado como un conjuro protector en muchos hogares y encuentros de amistad. Detrás de este mandato tácito, suele esconderse el deseo sincero de cuidar la armonía y preservar los lazos afectivos que nos unen. Evitar estos temas incómodos parece, a primera vista, una garantía de que las sobremesas transcurrirán en paz y sin sobresaltos, blindando de tensiones las relaciones que más valoramos: las amistades y la familia.
Sin embargo, en ese intento por evitar discusiones o heridas, muchas veces se termina empobreciendo el diálogo y relegando el ejercicio de la ciudadanía a espacios ajenos a nuestra vida cotidiana. ¿Qué amistad es verdaderamente profunda si se construye a base de silencios y temas vedados? Quizá, lo que necesitamos no sea rehuir estas conversaciones, sino aprender a transitarlas con respeto y madurez, entendiendo que disentir no equivale a romper un vínculo, sino que puede ser —si se vive con apertura— una oportunidad para crecer juntos, comprendernos mejor y fortalecer la confianza mutua.
Necesitamos repensar ese consejo popular: ¿Qué hemos perdido al desterrar la política de nuestras mesas? ¿Cómo podemos recuperar la conversación política como un ejercicio vital para la vida en común, inspirado en la cultura del encuentro y el diálogo que el papa Francisco impulsa en la encíclica Fratelli tutti?
El mito del silencio cordial
Decir que “de política no se habla” es, en el fondo, aceptar que no tenemos herramientas para abordar la diferencia con madurez, es confundir el conflicto con enemistad, y la pasión con agresión. La política, la religión y el fútbol despiertan emociones, sí, pero el problema no radica en la naturaleza de estos temas, sino en nuestra capacidad —a menudo insuficiente— para regular esas emociones, discernir los discursos y, sobre todo, dialogar sin caer en posturas defensivas o de ataque.
Al desterrar estos temas, apartamos de nuestras conversaciones los elementos más esenciales del sentido de la vida. La política, entendida como la búsqueda del bien común y el arte de organizar la vida en sociedad —y no solo como la competencia partidista—, deja de ser un ejercicio cotidiano para convertirse en un espectáculo ajeno, lejano y, muchas veces, hostil.
¿Dónde se debate el sentido común?
Al desterrar la conversación política de nuestras mesas, estamos perdiendo uno de los foros más valiosos para la construcción del sentido común. La mesa, espacio cotidiano y cercano, es donde se entrecruzan experiencias, historias y aspiraciones, y donde las personas pueden verse reflejadas en las preocupaciones y proyectos de quienes más quieren. Cuando evitamos hablar de política en estos ámbitos, la política misma se vacía de contenido vivido y compartido; se convierte en algo lejano, casi ajeno a la vida real de las personas.
Pero la consecuencia va aún más allá: al abandonar la conversación política en nuestros grupos de referencia —familiares, amistades, comunidades—, se debilita la cohesión social que da sentido y respaldo a nuestras acciones colectivas. En esas condiciones, muchas personas sienten que, en la búsqueda de justicia o en la defensa de causas importantes, no cuentan con el acompañamiento ni la comprensión de quienes les rodean. La política, entonces, se transforma en una tarea solitaria y, a veces, frustrante, cuando debería ser el fruto de una construcción compartida y solidaria.
Recuperar el debate político en los espacios de confianza es fundamental para que el sentido común no se fragmente ni se disperse. Es ahí, en el diálogo sincero con quienes nos conocen y queremos, donde se tejen los consensos más duraderos y se fortalece la convicción de que la justicia y el bien común se buscan —y se alcanzan— en comunidad.
El papa Francisco, en Fratelli tutti, nos recuerda: “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto” (FT, 198) es el camino para construir una amistad social que no excluye a nadie. La política vuelve a tener sentido cuando se convierte en diálogo real y paciente, cuando deja de ser el monopolio de unos pocos y se recupera como tarea de todas las personas.
La mayéutica: el arte de preguntar y escuchar
En el método socrático, la mayéutica, se encuentra un modelo de diálogo que la sociedad actual necesita recuperar. Sócrates no intentaba imponer su verdad, sino que, a través de preguntas, invitaba a que cada persona descubriera sus propios argumentos y los confrontara con los de las demás. Este arte de preguntar y escuchar es la base de todo diálogo fecundo.
En la construcción social de hoy, este método es esencial. Antes de responder, escuchamos. Antes de juzgar, preguntamos. Antes de rechazar, tratamos de comprender las razones y experiencias que sostienen las opiniones ajenas. La mesa, lugar de encuentro por excelencia, puede ser el espacio donde se ejercite la paciencia, la argumentación respetuosa y la búsqueda conjunta de soluciones a los problemas comunes.
Cultivar las habilidades del diálogo
La escucha activa y el arte de argumentar no son habilidades innatas: se enseñan, se aprenden y se cultivan. El papa Francisco señala: “El diálogo perseverante y valiente no anula las diferencias, sino que puede armonizarlas en una nueva síntesis” (FT, 203). Aunque la pasión y el desacuerdo sean inevitables, es posible transformar la confrontación en una oportunidad de crecimiento. La clave está en abandonar las posturas defensivas y el afán de imponer, para abrirse a la concertación y la construcción de visiones comunes.
No se trata de evitar los temas difíciles, sino de aprender a plantearlos sin herir, a disentir sin dividir, a comprender que la paz verdadera no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de gestionarlo con sabiduría y respeto.
Jesús y la política del servicio
Los evangelios ofrecen ejemplos extraordinarios de diálogo y servicio político. Jesús, en el pasaje de la curación del ciego Bartimeo (Mc 10,46-52), no impone su voluntad, ni presupone la necesidad del otro. Se acerca, escucha y pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Este gesto, sencillo y profundo, es un verdadero acto político: coloca a la persona necesitada en el centro, reconoce su dignidad y se pone a su servicio.
La política de Jesús no es la del poder, sino la del servicio. Como recuerda el papa Francisco: “La política, tan denigrada, sigue siendo una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (FT, 180). Recuperar la política para la mesa es, entonces, reaprender a preguntar, a escuchar y a servir desde lo cotidiano. Es poner la vida de todas las personas en el centro de nuestras decisiones y discusiones, sabiendo que la diversidad de opiniones puede ser fuente de riqueza y no de ruptura.
Reaprender la política cotidiana
La política no empieza ni termina en las urnas ni en los partidos. Es un ejercicio constante, vecinal, cotidiano, de búsqueda del bien común, de gestión de los desacuerdos y de promoción de la justicia. Cuando la política vuelve a la mesa, vuelve al corazón de la vida social; se hace carne en la preocupación por la limpieza del barrio, la seguridad en las calles, la educación de las niñas y niños, el trabajo digno… Se vuelve espacio de participación, responsabilidad y esperanza.
Fratelli tutti nos invita a imaginar una sociedad donde “nadie puede pelear la vida aisladamente” (FT, 78), donde la conversación es un arte y la política un compromiso de todos los días. Reconstruir la confianza en la palabra, en la pregunta y en la escucha es tarea urgente para que la polarización no nos robe la alegría de convivir.
Volver a los orígenes de la conversación
Devolver a la política su lugar en la mesa es crear las condiciones para que la diferencia sea fecunda. Significa atreverse a dialogar, a preguntar y a regalar el don de la escucha, convencidas y convencidos de que, solo conversando, argumentando y concertando podremos construir visiones comunes y sociedades más justas.
Hacer política en casa, en el barrio, en la iglesia, en la escuela, no es otra cosa que vivir la caridad social, como sugiere el papa Francisco. Es poner, como Jesús, a las personas en el centro y ponerse al servicio del otro, preguntando humildemente: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Solo así, la política volverá a las mesas y, con ella, la esperanza de un mundo más humano, más fraterno y reconciliado.
José Antonio Espinoza Hernández
Coordinador General de PlanPas – Perú